Hay historias que emocionan porque hablan de superación. Y hay historias que emocionan aún más porque comienzan exactamente en el mismo lugar donde hoy se encuentran quienes las escuchan.
Dentro del proyecto «Huellas de una Historia», los adolescentes del CEA tuvieron la oportunidad de compartir un encuentro muy especial con Miriam, una joven que años atrás vivió en este mismo recurso residencial y que regresó para contar su historia, reflexionar sobre su recorrido vital y trasladar un mensaje de esperanza a quienes hoy transitan un camino similar al suyo. La actividad quedó recogida en la memoria de la sesión y en las valoraciones realizadas tanto por Miriam como por los propios adolescentes participantes.
La charla, titulada «Volver a casa para dejar esperanza», permitió a los jóvenes conocer de primera mano la realidad de una persona que pasó buena parte de su adolescencia en acogimiento residencial y que hoy ha conseguido construir un proyecto de vida estable, autónomo y esperanzador.
Durante el encuentro, Miriam habló con absoluta sinceridad sobre las dificultades que marcaron su infancia y adolescencia. Explicó cómo ingresó en el sistema de protección debido a los problemas existentes en la relación con su madre y cómo durante mucho tiempo vivió sentimientos de enfado, incomprensión y dolor. Sin embargo, con el paso de los años comprendió aspectos de la historia familiar que antes era incapaz de ver.
Uno de los momentos más emotivos de la charla fue cuando recordó el fallecimiento de su madre y cómo, al revisar sus pertenencias, descubrió numerosos recuerdos y objetos relacionados con ella y con su hermana. Aquella experiencia le permitió comprender que, pese a las dificultades existentes, el amor había estado presente de una forma que en aquel momento no había sabido reconocer.
Miriam destacó además el papel que tuvo el acogimiento residencial en su proceso personal. Lejos de definir aquella etapa únicamente por las dificultades, puso en valor el acompañamiento recibido por parte de los profesionales, el apoyo psicológico, el trabajo educativo y las oportunidades que tuvo para crecer, comprender mejor su historia y prepararse para la vida adulta. Llegó a afirmar que tanto ella como su madre recibieron la ayuda que necesitaban y que probablemente no habría experimentado la misma evolución personal de no haber ingresado en un recurso residencial.
También quiso trasladar a los adolescentes una idea que repitió en varias ocasiones: aprovechar el tiempo y las oportunidades que ofrece el centro. A través de ejemplos de su propia experiencia explicó cómo la formación recibida le permitió acceder posteriormente a distintos empleos, desarrollando trabajos como promotora, dependienta, vigilante o trabajadora de hostelería. Compartió además aprendizajes relacionados con la autonomía, la gestión económica, la responsabilidad y la importancia de cuidar la salud mental.
Sus palabras conectaron profundamente con los adolescentes presentes. Algunos destacaron su capacidad de lucha, su fortaleza y su resiliencia. Otros señalaron que escuchar su historia les hizo comprender que muchas veces existen personas que han vivido situaciones igual o incluso más complejas y que, aun así, han conseguido salir adelante. Una de las adolescentes resumió el encuentro con una frase especialmente significativa: «Si ella pudo, yo también puedo».
Quizá una de las reflexiones más valiosas fue la que realizó la propia Miriam al finalizar la actividad. Para ella, regresar al centro significó volver a un lugar que durante años fue su hogar y reencontrarse con una parte importante de su historia. Reconoció que mientras hablaba se veía reflejada en muchos de los chicos y chicas que tenía delante porque ella misma había ocupado ese lugar años atrás, con las mismas dudas, los mismos miedos y las mismas incertidumbres sobre el futuro.
Por eso, el mensaje que quiso dejarles fue sencillo pero profundamente transformador: estar en un centro de protección no define quién eres ni quién llegarás a ser. No marca tus límites, no determina tu futuro y no decide hasta dónde puedes llegar.
Su historia representa precisamente aquello que busca el proyecto Huellas de una Historia: generar espacios donde las experiencias reales se conviertan en inspiración para otros adolescentes. Porque, en ocasiones, el mensaje más poderoso no llega de un libro ni de una teoría, sino de alguien que ha recorrido el mismo camino y puede demostrar que es posible construir un futuro diferente.
Desde la Asociación Coliseo queremos agradecer a Miriam su generosidad, valentía y compromiso por regresar a la que fue su casa para compartir una parte tan importante de su vida con nuestros adolescentes.
Como ella misma recordó durante la charla:
«El tiempo va a pasar igual. Tú decides qué hacer con él».
Y esa es, precisamente, la huella que quiso dejar.